Tras la reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela, que derivó en la detención del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Guerra, por cuatro y tres cargos respectivamente relacionados con narcoterrorismo, la tensión en América Latina ha ido en aumento. En este contexto, Colombia -otro país señalado por el presidente Donald Trump por el tráfico y la producción de drogas- se ha colocado nuevamente en el centro del debate sudamericano.
Esta tensión, que lleva años presente en las mesas de diálogo de Washington, se tradujo en mensajes subidos de tono entre Gustavo Petro, presidente de Colombia, y su homólogo estadounidense, Donald Trump, quienes sostuvieron una conversación telefónica directa el pasado 7 de enero.
En medio de una amplia movilización social, se llevaron a cabo diversas protestas en puntos estratégicos del país sudamericano en apoyo a Petro y en defensa de la soberanía e independencia nacional. Las manifestaciones fueron convocadas desde la Presidencia, luego de que las acusaciones de Trump fueran consideradas una amenaza directa para Colombia. Pancartas con mensajes como “Colombia es soberana” y “No a la intervención extranjera” llenaron las calles y plazas públicas de Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla y Cúcuta, generando reacciones internacionales y una advertencia por parte de la Embajada de Estados Unidos en Colombia ante la posible escalada de tensión en el país.
La llamada finalmente se concretó y, contra todo pronóstico, el diálogo entre Gustavo Petro y Donald Trump dio un giro inesperado. La conversación fue calificada como positiva, al encontrar coincidencias ideológicas en temas de seguridad y en la búsqueda de una salida a la crisis diplomática entre ambas naciones. Como resultado, ambos mandatarios acordaron sostener una próxima reunión en Washington, donde el diálogo será directo y se plantearán nuevas alianzas para la lucha contra el narcotráfico en la región.






