Hay hombres que escriben como si el mundo les debiera atención. Paco Ignacio Taibo II es uno de ellos: un narrador brillante, un agitador cultural con historia, un gran representante de la novela negra y al mismo tiempo un ejemplo de cómo a veces el talento no alcanza para justificar la arrogancia.
En 2018, su famosa frase “Se las metimos doblada, camarada” se volvió el estandarte de una era de machismo con micrófono. En ese momento parecía una bravuconada inofensiva, una broma que no tenía mayor trascendencia -o almenos eso comentó Elena Poniatowska en el momento- sin embargo; con los años, entendimos que era un síntoma. Que lo “vulgar” no es gracioso, y que el poder -cuando se disfraza de populismo literario- suele mostrar su verdadero rostro tarde o temprano vestido de “humor negro” pero hiriente. ¿Por qué?
Pues tan solo siete años después, Taibo II volvió a tropezar con sus propias palabras. En plena presentación de una colección del Fondo de Cultura Económica, misma que dirije, justificó la escasa presencia de autoras diciendo que “un poemario escrito por una mujer, horriblemente asqueroso de malo, no merece ser mandado a una sala comunitaria.”
Y ahí se acabó la paciencia. No porque una mujer se sintiera ofendida: sino porque todas entendimos que lo que estaba diciendo era más grande que una frase. No es más que el eco de siglos en que las voces femeninas se juzgan por su género antes que por su potencia.
La reacción fue inmediata. Escritoras, poetas, editoras, todas alzaron la voz. Y no sólo en defensa de sus pares, sino en defensa de la idea misma de que la literatura mexicana no necesita guardianes del canon: necesita puertas abiertas.
Porque sí, México tiene autoras que le han dado forma a la conciencia de este país, les cuento de algunas que bajo mi perspectiva, han revolucionado la narrativa, han dado luz a México mientras que las de ellas fueron opacadas, sí, por hombres.
Ahí está Elena Garro, acusada de loca por escribir el tiempo como una herida y no como una línea, madre de la literatura fantástica, creadora de hermosos cuentos que hasta la fecha escucho para dormir.
Ahí está Rosario Castellanos, que nos dejó dicho -con una lucidez que todavía incomoda- que “el poder se ejerce también en el lenguaje” y que fue tildada de desquiciada por tener un pensamiento libre, crítico y que gritó, hasta donde pudo.
Ahí está Inés Arredondo, que escribió la oscuridad del deseo femenino cuando era pecado mencionarlo.
Josefina Vicens, que imaginó a un hombre incapaz de hablar, como espejo de todas las mujeres a las que no se les dejaba hacerlo. Una de las obras más complejas pero hermosamente narrada por una experta.
Y Amparo Dávila, que convirtió la ansiedad y el miedo doméstico en arte puro, mucho antes de que la crítica se dignara entenderla.
No se trata de cuotas, se trata de historia.
De cómo las mujeres fueron silenciadas, omitidas, borradas de los estantes. Y ahora que toman el espacio, los viejos guardianes sienten tener la posibilidad de ofender, haciendo comentarios de bar, en medio de un grupo de machos.
Para colmo, mientras Taibo lanza juicios sobre “poemarios horribles”, la presidenta Claudia Sheinbaum acaba de publicar su propio libro, Diario de una transición histórica, donde habla de su cercanía al expresidente Andrés Manuel López Obrador pero defendiendo su sentido común y autonomía para gobernar, política bajo su propia perspectiva. Una mujer en el poder que escribe sobre pensamiento y liderazgo en un país donde todavía hay hombres que se creen con derecho de decidir qué textos “merecen” circular. Esa ironía no podría ser más perfecta.
Y si hablamos de literatura escrita con verdad, hay que nombrar a Cristina Rivera Garza, autora de El invencible verano de Liliana, ese libro que partió al país en dos: entre quienes callan la violencia y quienes la enfrentan con palabras. Rivera Garza no solo ganó el Pulitzer de No Ficción 2024, sino que también le dio rostro a miles de mujeres asesinadas y borradas. Su obra no pide espacio: lo conquista. Y demuestra que la escritura de las mujeres mexicanas no necesita validación masculina, porque ya está haciendo historia.
Entonces no, Paco. No es una “cuota”.
Es el resultado de siglos de exclusión y de un presente donde, por fin, las mujeres no piden permiso para hablar.
Mientras algunos siguen midiendo méritos con desprecio, ellas están escribiendo los libros que nos van a sobrevivir. Es por esta razón, que escritoras, poetas, ensayistas, novelistas, periodistas y más mujeres activistas se han dado cuenta para alzar su voz con “poemas doblados” ante el Fondo de la Cultura Económica, exigiendo no justificaciones ni disculpas, sino que sean visibilizadas como lo que son: artistas.
El futuro de la literatura mexicana tiene nombre, tiene voz y, no, no tiene género. No es masculino.
Porque la literatura mexicana no se trata de cuotas ni de gestos políticos: se trata de leer mejor, leer más y, sobre todo, leer a todas, a todos y a todes.
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